NOTA DE AUTOR · NOVIEMBRE 2026
Cuando los libros encuentran una voz del otro lado
Llegué a la FIL Monterrey 2026 con libros que había escrito a solas y terminé escuchando lo que otras personas encontraban en ellos.
Ver la sala llena durante la presentación de Ecos de un primer sueño me emocionó. Desde mi lugar podía ver a quienes habían apartado un momento para acompañarme y escuchar. Después de tantas horas de escritura, revisión y preparación, ahí estaban las palabras frente a sus lectores. Ya no podía corregirlas: tocaba compartirlas.
Las firmas de libros prolongaron ese encuentro. Preguntar un nombre, escribir una dedicatoria, conversar unos minutos. Cada ejemplar empezaba un recorrido que yo apenas alcanzaba a conocer: quién lo llevaría a casa, si sería un regalo, qué había despertado la curiosidad de quien lo tenía entre las manos.
En el stand de La Carnita Literaria hubo muchas oportunidades para acercarme al público. Algunas personas llegaban buscando un título; otras se detenían a mirar las portadas. Agradecí especialmente a quienes me permitieron presentarles mi trabajo. En medio del movimiento de la feria, detenerse a escuchar a un autor es concederle algo valioso: atención.
Me emociona hablar de mis libros, pero me interesa todavía más lo que sucede después. Cuando alguien lee unas líneas y me comparte un comentario breve, una impresión o un recuerdo, descubro algo que no podía anticipar al escribir. A veces el lector se detiene justo en una frase que yo no habría elegido para presentar el libro. O le da un sentido distinto, nacido de su propia experiencia. Esos momentos me hacen volver a mis textos con otros ojos.
También estuvo la emoción de las entrevistas en radio: sentarme frente al micrófono, escuchar una pregunta y buscar cómo hablar de la escritura con mis propias palabras. Como docente estoy acostumbrado a explicar; hablar de lo que escribo me coloca en otro lugar. Hay una parte personal que se asoma cuando cuento de dónde viene un poema o qué me llevó a publicar un libro. Y del otro lado hay personas a las que no veo, pero con quienes puede comenzar una conversación.
En mi trabajo como ingeniero civil necesito medir, revisar y comprobar. Durante la feria hubo mucho de lo más valioso que no supe cómo medir: el interés de alguien que se quedó un poco más, la generosidad de una lectura compartida, el comentario de quien encontró algo suyo en mis palabras.
Me llevo la alegría de la sala llena, los libros firmados y las entrevistas. Pero sigo pensando, sobre todo, en esas conversaciones breves junto a una mesa de libros. Yo llegaba dispuesto a contar qué había escrito. Los lectores me ayudaron a descubrir qué podía significar.
— Ángel Ervey Martínez Rodríguez